Una persona que
padece anorexia nerviosa lejos de carecer de apetito, se comporta como un
“organismo hambriento”: no come, pero no deja de pensar en cuáles son los
alimentos idóneos que debe ingerir para no estar gorda, y es ahí donde reside
precisamente su psicopatología: el deseo irrefrenable
de seguir adelgazando, incluso aunque ya haya perdido un gran porcentaje de
peso.
Una persona que padece anorexia
nerviosa lejos de carecer de apetito, se comporta como un “organismo hambriento”:
no come, pero no deja de pensar en cuáles son los alimentos idóneos que debe
ingerir para no estar gorda, y es ahí donde reside precisamente su psicopatología: el deseo irrefrenable de seguir
adelgazando, incluso aunque ya haya perdido un gran porcentaje de peso.
Es un trastorno que afecta
fundamentalmente a las mujeres, la edad de inicio va de los 13 años hasta los 18 años.
La característica esencial de la
anorexia nerviosa es el rechazo a mantener el peso por encima del valor mínimo
normal para su edad y talla, un deseo de perder peso y terror ante la gordura
que se convierte en el centro de todas las preocupaciones y que perturba
gravemente el resto de facetas de la vida de estas personas. Es habitual que
está alteración se inicie a raíz de recibir alguna crítica directa o indirecta
sobre que se está algo gordita, con lo que empiezan a restringir la ingesta,
tanto en la calidad como en la cantidad del alimento.
En su deseo de estar delgadas, estas
personas, se marcan un margen de seguridad; adelgazan un poco más para prevenir
cualquier aumento que no estuviera en sus cálculos. Lograda la pérdida de peso,
siguen reduciendo la cantidad de calorías que ingieren por día. Aparecen
rituales alimentarios peculiares y aunque tenga hambre, es tal el horror que
siente la necesidad de mitigar sus efectos, por ejemplo, bebiendo mucha agua,
tomando laxantes o induciéndose el vómito después de comer. Estos
comportamientos dirigidos a la pérdida de peso no sólo se limitan a la ingesta,
sino que completan con una exagerada actividad física.
Otra de las características clínicas
es la distorsión de la imagen corporal, operativizada
como verse gorda aun estando demacrada.
En muchas adolescentes se retrasa su
desarrollo sexual y, en las adultas no sólo disminuye su interés por el sexo,
sino que éste se convierte en un tema conflictivo. La anoréxica, reforzada por
los valores sociales y a veces por su propia familia, minimiza el problema y su
gravedad.
Los efectos de la demacración se
manifiestan en una amplia gama de signos, como hipotermia, bradicardia,
hipotensión, edema, lanugo, estreñimiento y una variedad de cambios
metabólicos. En la mayor parte de los casos, la amenorrea sigue a la pérdida de
peso debido a un hipogonadismo hipogonadotrófico. Si
la anorexia se produce antes de la menarquía, la
interrupción del desarrollo puberal puede producir
deterioros irreversibles.
La mayoría de las características fisiopatológicas desaparecen a medida que se recupera el
peso.
Se han diferenciado dos subtipos en
la anorexia:
o
Anorexia restrictiva: Pierden peso exclusivamente a través de dietas y ejercicios
extenuantes. Se caracterizan por ser muy perfeccionistas, rígidas, con hiperresponsabilidad y sentimientos de ineficacia.
o
Anorexia bulímica: Sus intentos de limitar su ingesta se interrumpen por episodios
de atracones, seguidos normalmente por vómitos, autoinducidos o abuso de
laxantes. Es habitual encontrar una historia familiar de obesidad, sobrepeso premórbido, mayor impulsividad, reacciones distímicas frecuentes, mayor labilidad emocional y mayor
frecuencia de conductas adictivas.
Es un
trastorno difícil de detectar porque todas sus características son
comportamientos que la persona intenta ocultar.
Además, en este caso, al contrario de lo que pasa en
la anorexia nerviosa, su peso no tiene por qué llamar la atención. Tiene mayor
incidencia en el sexo femenino. La edad de aparición suele oscilar entre los 18
y los 25 años.
Es un
trastorno difícil de detectar porque todas sus características son comportamientos
que la persona intenta ocultar.
Además, en este caso, al contrario de lo que pasa en
la anorexia nerviosa, su peso no tiene por qué llamar la atención. Tiene mayor
incidencia en el sexo femenino. La edad de aparición suele oscilar entre los 18
y los 25 años.
Las tres características esenciales de este cuadro
serían:
· La pérdida subjetiva del control sobre la ingesta y los episodios
bulímicos asociados.
· Las conductas destinadas al control del peso corporal.
· Una preocupación extrema por la figura y el peso corporales.
Además de la preocupación por la imagen
corporal, la queja principal de estas pacientes es su pérdida de control sobre
su comportamiento alimentario. Se sienten impotentes ante ese impulso
irrefrenable a comer. Este comer “embriagador” se describe como la consumición
rápida de grandes cantidades de comida con poca o ninguna satisfacción. El
alimento ingerido durante los atracones suele ser de alto contenido calórico.
Precisamente aquello que no se permite en sus dietas. La selección del alimento
se suele hacer en función de la facilidad de su ingesta y su posterior
regurgitación. El atracón suele terminar por dolor abdominal, con grandes
sentimientos de culpabilidad y repulsa. Los atracones son siempre llevados a
cabo en el máximo secreto.
Normalmente a estos episodios le siguen un
conjunto de conductas compensatorias, cuyo propósito es precisamente evitar los
efectos en el incremento de peso. La manera más típica es provocarse el vómito
introduciéndose los dedos, aunque incluso pueden aprender a que se convierta en
un acto reflejo. Otros métodos utilizados son el uso de laxantes o diuréticos,
los ejercicios físicos vigorosos y llevar una dieta estricta o ayunar.
Los periodos de bulimia pueden alternarse
con episodios de ingesta normal, o también, con ayunos y dietas.
En la bulimia nerviosa es frecuente la
presencia de ansiedad, depresión e irritabilidad, así como ideación suicida
sobre todo agudizada por los episodios bulímicos. Los síntomas depresivos
tienden a desaparecer a medida que la conducta de comer se normaliza.
Otros síntomas habituales en la bulimia
nerviosa son los que se refieren a las conductas adictivas y al control de
impulsos.
Debido al continuo desajuste provocado por
los patrones de alimentación, los vómitos, el uso de laxantes, etc. Estas
personas sufren una amplia gama de complicaciones físicas, tales como depleción
de los niveles de pérdida de potasio, hipertrofia de la glándula parótida a
consecuencia del desequilibrio electrolítico, hipocalemia,
infecciones urinarias, arritmias cardiacas, crisis tetánicas (rigidez
muscular), parestesia periférica y crisis epilépticas, y a largo plazo, daño
renal e irregularidades menstruales.
Los laxantes acaban provocando
estreñimiento.
Pueden presentar callosidad en el dorso de
la mano (“signo de Russell”) producida por el roce
continuo de los incisivos superiores al provocarse el vómito. Otra de las
repercusiones que tiene el vómito es provocar la erosión del esmalte dental y
caries.
Hay dos subtipos
referidos a las conductas compensatorias de los atracones:
· Las que implican “purgas” como vómitos, laxantes y diuréticos.
·
Las que no realizan estas “purgas”, y en
cambio, realizan ejercicio o dietas estrictas.
Todas estas conductas (vomitar,
laxarse,…etc.) van encaminadas lógicamente a la evitación del incremento de
peso. La preocupación por mantener el peso que ellas consideran ideal toma la
forma de idea sobrevalorada y no de idea obsesiva.
Las personas con bulimia nerviosa están convencidas de que estar gorda es
horrible y peligroso, y con ello, su deseo de tener un cuerpo delgado va más
allá de lo que es aconsejable en términos de salud. También se observa una
sobrestimación corporal y presentan, al igual que las anoréxicas, el mismo
miedo mórbido a convertirse en personas gordas. Se da una mayor distorsión de
la imagen corporal, mayor deseo de estar delgadas, más patrones alimentarios
anómalos y psicopatologías (sobre todo depresión y obsesiones) entre las que se
purgan, en comparación con las que no lo hacen.